Después de todo

Primeras páginas de mi novela inédita (y en busca de editor). Se aceptan sugerencias/correcciones.

Después de todo

img_20150129_125759Esta es la historia de un hombre que cae de un piso cincuenta. El tipo, mientras va cayendo se repite sin cesar para tranquilizarse “Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien… hasta ahora todo va bien…” Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje…”. La Haine, película de Mathieu Kassovitz, 1995.

A Bar, Leri y Gas.

A Leonardo Moledo por enseñarme a escribir.

A la mosca, por la beca.

 

1.

Estoy de vuelta. Lo siento en la lengua. Estoy paladeando un trago de leche. No es el sabor conocido, de otra época, la leche aguada, excesivamente procesada que compraba en el supermercado. Esta es dulce y espesa, recién ordeñada, como nunca la tomé en mi vida anterior.

Mi lengua recorre la boca, el paladar y las encías, repasando el sabor para retenerlo. Repaso los dientes que quedan y palpo los espacios vacíos. Intento contarlos con la torpeza de un ciego reciente. Pierdo la cuenta con facilidad. Las escasas piezas sobrevivientes están todavía alineadas gracias a años de una carísima ortodoncia infantil. No sé cuántos son, pero sí que la fila está diezmada.

Mi mano se esfuerza por escribir. Parece recordar ese arte con lentitud. Antonio me sirve otro vaso de leche caliente, algo sorprendido por verme sentado y escribiendo por primera vez desde mi llegada. ¿Cuánto tiempo pasó desde que salí corriendo de ese patio en San Fernando? ¿Tres años? ¿Cuatro? ¿Dónde estuve? De ese período que debe haber sido interminable recuerdo el hambre, el frío y el cansancio como una nube indiferenciada. También la sensación de un deseo irreflexivo de seguir viviendo sin una razón y sin preguntarme para qué.

2.

Siempre busqué relatos, explicaciones, sentidos. Necesito vivir en un mapa hecho por palabras; cuando faltan me siento perdido. Necesito ejercitar los músculos de la memoria, de mi mano para escribir. Hace tiempo que recuperé la fuerza física; ahora finalmente siento que llegó el tiempo de recuperar la memoria, ordenar esos flashazos que escondo detrás de esa nube informe.

Más allá veo a Antonio hachando un árbol con método, sin furia. Suele andar callado, como ahorrando energía. Él no necesita ordenar sus pensamientos. Su vida interior es un enigma para mí; probablemente para él también. Algunas noches, especialmente si conseguimos un poco de alcohol —algo cada vez más raro, salvo por la “chicha” que destilamos—, puede hablar durante minutos, alguna vez hasta media hora sin parar. Siempre usa frases cortas.

Con esos frutos caídos irregularmente en los últimos años pude armar su historia y el puente hacia la mía. Si supiera lo que hago con sus relatos fragmentarios probablemente se avergonzaría. Él no necesita darle un sentido a las cosas, unirlas en un relato: lo que es, es. Probablemente se sorprendería de mi intento de establecer contactos entre partes de su vida, unir recortes como si realmente hubiera un hilo, como si detrás del devenir caprichoso se escondiera un escritor o un guionista con un mensaje o una moraleja para justificar su obra. Ya lo dije: necesito narrativas. Crecí abrazándolas y sin ellas el mundo se desmembra irreparablemente en un caos que me marea. Para Antonio, en cambio, mi escritura es un desperdicio: “Si quiere descansar, mejor tírese a dormir”, me dijo ayer después de verme escribir durante más de una hora. Antonio se mueve para hacer tareas productivas: junta leña, agua, riega la huerta, alimenta a los animales. Si se echa a la sombra de un árbol a dormir es para recuperar las fuerzas que le permitan volver a producir. Es mi reflejo invertido y al verlo a él, comienzo a recuperarme a mí mismo.

Pero, decía, de los pocos frutos caídos y maduros, pude reconstruir su historia. Nació en un pueblo cerca de la Cordillera de los Andes, en medio del desierto. Alguna vez mencionó Plaza Huincul, pero no me quedó claro si allí llegaron sus padres antes de tenerlo o luego del nacimiento. Ese es otro obstáculo para armar su historia: una interrupción puede hacerlo tomar consciencia de su derroche de palabras; entonces se genera un nuevo silencio de semanas, solo interrumpido por menciones concretas a problemas prácticos.

El padre cuidaba para YPF unos terrenos cercanos al pueblo, aunque nunca, me dijo, entendió de qué los cuidaban. Entre el viento y el polvo no quedaba otra opción que valorar las pocas cosas que les daba la naturaleza. El agua, la comida, el pasto que podían conseguir gracias a largas caminatas para las pocas ovejas que tenían, lo habían transformado en un burócrata, un contador de la naturaleza responsable de cuidar el haber y regular el debe. El padre era un hombre de campo y no se acostumbraba a vivir de las vituallas que les acercaban cada mes en un camión. Decía que si las utilizaba se iba a tener que emborrachar con el tiempo que le sobrara. Había prometido no beber más luego de que su esposa muriera. Nunca supe si había relación entre ese alcohol y esa muerte. Tal vez Antonio tampoco supiera.

El padre comenzó a utilizar el agua de pozo para una huerta protegida del viento con una pared de piedras que él mismo armó. En ella Antonio y los dos hermanos trabajaron durante años, expandiéndola, al mismo tiempo que estiraban los sembradíos en esa tierra dura y seca. Me lo contó una vez, mientras desmenuzaba con una mano varios puñados de tierra negra, como si no se acostumbrara a tanta riqueza.

Después de dieciocho años, gracias a algún gatillo burocrático desconocido e imprevisto —tal vez la mirada de un empleado sobre un papel olvidado, una carpeta cambiada de lugar o vaya uno a saber qué— les llegó la orden de irse del terreno cuidado de nadie y para nada visible. Detrás dejaron el rancho, la pared de piedra y un par de árboles añosos y retorcidos; todavía necesitaban sostenerse con dos testigos como bastones: “no se sabía si era por lo viejo o por lo jóvenes”, me dijo Antonio sonriendo en un arranque poético inusual.

Antes, cuando cumplió seis años, el padre lo envió a una escuela rural. Era cercana para los estándares del desierto, pero debía caminar una hora o más para llegar. Nunca supo los kilómetros exactos recorridos tantas veces. Para llegar atravesaba un desierto que nada entendía del sistema decimal y el tiempo cronometrado; las horas del día ni siquiera estaban puntuadas por las comidas, esas campanadas gastronómicas para privilegiados. El paisaje era siempre el mismo. Imagino que sería como caminar por una cinta sin fin, hasta que, repentinamente aparecían un par de casas y la escuela, un rancho con techo de chapa, en la que se encontraban los diez, a veces quince o hasta veinte alumnos que trabajosamente se acercaban allí para saludar a la bandera y sentarse en un banco a escuchar y escribir. A los padres no les interesaba que estudiaran, a los maestros, por muy buenas intenciones que tuvieran, solo les interesaba huir de ese desierto interminable (como pude comprobar) y un Estado en franco retroceso apenas llegaba allí con ecos vagos y amenazadores que conminaban a los niños a ir a la escuela o a atenerse a dudosas consecuencias.

Así transcurrió su infancia, ocupado en vivir y poco más, con sus hermanos, su padre y las ocasionales visitas a la escuela donde lo preparaban para un mundo que se parecía poco al suyo. A veces se entusiasmaba con los mundos de números, letras, mapas, lugares lejanos e historias, pero al salir todo parecía diluirse en el desierto y en ese aire en movimiento perpetuo. La omnipresencia de aquel viento todavía se percibe en sus comentarios de cada mañana: “Hoy no hay viento”, dice apenas se sienta con un té de peperina, mirando por la ventana, como si eso fuera una novedad. No lo sorprendían la lluvia, las crecidas, las tormentas: sí el viento o, mejor dicho, su ausencia.

En esa escuela conocí a Antonio por primera vez, cuando era un adolescente (la segunda sería una larga década más tarde). Yo venía de Buenos Aires, recién terminaba el profesorado en el Mariano Acosta, en pleno Once, y soñaba con un poco de silencio, con dejar atrás el ruido de la ciudad y escuchar los susurros secretos de mi vida interior. Ya había pasado la efervescencia del último gobierno capaz de generarnos entusiasmo y el país se sumía nuevamente en un pesimismo más razonable y acorde con el resto del mundo.

3.

El año antes de partir hacia Neuquén, tras terminar los últimos trámites para el título, salí de la escuela. Once estaba más decadente que lo habitual; los síntomas que en otra época eran ocasionales se repetían cada vez más, pero ese día formaron un festival casi sin intermedios: por la noche desde la ventana había escuchado la voz de un cafisho acusando a una puta de haber hecho una fellatio a escondidas en un zaguán para no darle su parte. Estuve un par de horas sin poder volver a dormir, intentando no imaginarme la historia que había detrás de esas palabras macabras. Al salir vi a dos chicos relatando una pelea con entusiasmo, luego el vidrio roto de un auto sobre el cordón de la vereda y, finalmente, antes de entrar a la escuela, a un travesti madrugador o necesitado de horas extra que se exhibía como saldo. No era posible acostumbrarse a la hostilidad que se concentraba en pocas cuadras. De una manera culpable yo quería amar al barrio que sostenía la escuela de mi infancia, adolescencia y parte de mi adultez, donde hice amigos, donde planeé un futuro mejor con el optimismo hormonal de la adolescencia.

Esa mañana también sentí cómo caían los últimos granos de arena en el reloj, pero no sabía cómo darlo vuelta para comenzar otra etapa. Los profesores hablaban de una sensación similar en los 90′ algo que apenas podía evocar porque entonces era demasiado chico. Dudaba si obtener tiempo de descuento estirando mis años de estudiante y completar la carrera de Ciencias de la Comunicación de la que había hecho las materias necesarias para dar clases también en secundarios. Pero necesitaba trabajar: estudiar era un lujo que no podía darme si quería comer sin pedirle dinero a mi padre.

Perdido en la incertidumbre personal, del país, del mundo, bajé la escalera y me crucé con Lautaro, un compañero del profesorado y parte del secundario. Había llegado al comienzo de tercer año, tras su expulsión de otro colegio del barrio. Se presentó y antes de que pudiéramos hostigarlo como a cualquier recién llegado, ofreció su cabeza para el sacrificio: nos dijo que olía los números. No solo lo sostuvo discursivamente, sino que lo demostró olfateando minuciosamente lo que escribíamos en papeles, doblábamos y ubicábamos debajo de su nariz. La tasa de aciertos era muy superior a la que indicaba la estadística y nos dejó tan perplejos que nunca pudimos cobrarle el derecho de piso razonable para cualquier chico de quince años, esmirriado, que se acerca a un grupo consolidado de adolescentes. Comprendimos un poco mejor qué le pasaba cuando, ya más en confianza, nos confesó el origen de su don y de otras excentricidades: dos años antes lo habían operado de apendicitis y al despertar de la anestesia sintió en el cuerpo que todo tenía sentido. Desesperado por revivir la epifanía, empezó a consumir LSD con regularidad suficiente como para oler los números, pero no con una frecuencia que lo desconectara totalmente de la realidad y sus estudios.

Nunca fuimos grandes amigos por tener personalidades muy distintas, pero nos respetábamos y queríamos, más allá de la falta de verdadera intimidad. Pero se transformó en un ocasional compañero de estudios y en los descansos de esas veladas, yo conté mis fantasías bucólicas y mis ansias de tranquilidad. Al verme esa tarde me saludó y, entusiasmado, me dijo algo que sabía me interesaría:

Se abrió un concurso para escuelas rurales y no lograron llenar el cupo mínimo. A la hora de la verdad, nadie se va a vivir a un ranchito por elección.

No me provocaba: señalaba algo para él evidente. En lugar de intimidarme, mi imaginación se llenó de lugares idílicos donde contemplar el horizonte, pensativo, lejos de las redes sociales, del ruido de la ciudad, de la vorágine. Lo pensaba con esas mismas palabras, estoy seguro. Era aún demasiado adolescente como para darme cuenta de que leer “El lobo estepario” no me había acercado ni un poco a encontrarle sentido a la vida, solo a vestirla con cierta densidad. En cualquier caso, quería enfrentarme a mí mismo, desnudo de distracciones, tal vez influido por las historias de hombres solitarios en la naturaleza que me habían apasionado desde chico: Tarzán, Robinson Crusoe, Walden, Harrison Ford en “Costa Mosquito”, “Mal de Altura” de Krakauer”, “Relato de un náufrago”, el Supertramp de “Por rutas salvajes”… Esa película que vi poco antes de terminar el profesorado me hizo llorar hasta el babeo y me reconectó con un romanticismo adolescente capaz de opacar el raciocinio de un adulto aún en desarrollo. Creo que si no fuera por ella, no me habría anotado para dar clases en una escuela rural.

Sin dudar, cumplí con los trámites finales de la preselección. En mi cabeza se dibujaban edificios blancos con una bandera celeste y blanca ondeando en el frente. Detrás se podía ver la ruta 40, uno de los siete lagos, y mi figura recortada contra el fondo montañoso emprendía una larga caminata por el bosque. Las escuelas que imaginé también podrían ubicarse en un paisaje más del estilo de Horacio Quiroga, una selva del norte, donde aprendería sobre las frutas capaces de hacer sobrevivir a alguien perdido por meses. No era la primera vez que me asaltaban esas imágenes: cuando me enteré de la existencia de una escuela en el Paraná de las Palmas, me fantaseé recorriendo los riachos con mi propia canoa. Para entonces había leído algunas crónicas de Lobodón Garra, el seudónimo de Liborio Justo, y su vida en esos parajes. La descripción de una tierra llena de bribones que escapaban de la ley y se mataban por nada, refugiados en la anarquía de las islas, estimuló mi imaginación aún más. No importaba que el delta que yo conocía tuviera casas a dos aguas, paneles solares, bares y lanchas a motor amarradas a los muelles.

Lo cierto es que, más allá de unas jornadas sobre educación rural a las que había asistido, no tenía demasiado conocimiento sobre el campo y muy pocos puntos para competir por un puesto. El objetivo de mínima era patear cualquier decisión unos meses, refugiarme en una excusa para no encarar mi futuro. Pero las cosas salieron distinto de lo esperado: gracias a distintas conexiones, un docente del profesorado y una serie de casualidades fuera de mi entendimiento, conseguí un cargo suplente en una escuela rural en Neuquén, pegado a la cordillera y con un viento que andaba “a los cachetazos”, como me explicó el que me atendió en el mostrador antes de firmar el contrato. Allá me esperaría otro docente con más experiencia para ayudarme, según me dijeron, conscientes de mi desconocimiento sobre el trabajo en un lugar tan remoto. Sorprendido por haber entrado en un tren que desconocía y sobre el que tenía más fantasías que certeza, acepté la tregua que me daba el futuro. Además, si quería estar conmigo, probarme, lo mejor era el desierto donde nada distrae, donde la naturaleza absorbe el exceso al que estaba acostumbrado. Todo eso pensaba entonces.

Pero la realidad, suele ocurrir, es otra cosa.

A comienzos del siguiente año lectivo, empobrecido pese a haber trabajado durante el verano en un bar de la costa atendiendo a los pocos que aún tenían algo de dinero para comprarse unas semanas de ocio, armé un bolso y una valija con rueditas en la que tenía varios libros ya leídos pero buenos compañeros. El verdadero material de lectura lo tenía en un lector electrónico con más gigas de texto que los legibles por un mortal a lo largo de su vida. En la computadora también tenía varias películas que nunca me había atrevido a ver porque cada vez que llegaba el momento de ocio, terminaba inclinándome por una cómica y dejaba las películas serias y deprimentes para más adelante.