Mi amigo el robot

(Ilustración: Pablo Blasberg)

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A medida que crece y gana autonomía, el comportamiento de un niño se vuelve más imprevisible para un padre: se puede controlar la educación, pero no lo que el niño hará con ella. Incluso, a partir de cierto umbral de madurez, el joven será considerado socialmente como responsable de sus actos. Tal recorrido (hasta ahora, patrimonio exclusivo de la humanidad), está llegando al reino de la inteligencia artificial, una de las áreas de investigación de ciencias de la computación. Son cada vez más los programas que utilizan información del entorno para tomar decisiones en base a instrucciones previas. Esta interacción con el mundo material puede darse a través de un brazo mecánico, un auto, un robot, una heladera o un código que nos indica qué música nos gustará en base a elecciones previas.

Existen algunos ejemplos de inteligencia artificial que alcanzaron cierta fama. Uno de ellos es Tay, un programa diseñado por Microsoft para tuitear. Tay aprendía de quienes interactuaban con él: el experimento duró solo 16 horas tras una serie de tuits misóginos, pronazis y otras delicadezas. Este ejemplo, si bien pintoresco, no es en realidad representativo de un fenómeno mucho más amplio y en crecimiento: redes sociales como Facebook dependen de estos programas para, a partir de lo que nos gustó en el pasado, decidir qué mostrarnos; prácticamente, toda la publicidad en Internet se gestiona a partir de ventas concretadas con anterioridad; aplicaciones vaticinan con sorprendente precisión cuánto llevará un viaje, gracias a las miles de personas que lo hicieron con el GPS encendido. Los datos que se acumulan permiten encontrar correlaciones y tendencias a escalas inmanejables para los seres humanos, pero no para máquinas con gran capacidad de procesamiento.

No solo las tareas relacionadas con las nuevas tecnologías son llevadas a cabo por estos programas, sino que también trabajos complejos están sufriendo el asedio de la inteligencia artificial: según un informe de Associated Press, de 2013, apoyado en datos de empleo de 20 países, en los últimos tiempos algunas tareas que requieren años de estudio han sido remplazadas por inteligencia artificial. ¿Qué puede pasar si se cargan miles y miles de fallos a un programa capaz de analizarlos? Obviamente no podrán hacer todo el trabajo, pero sí tareas que permitan remplazar algunos abogados. En la medicina, entre otros campos específicos, ya hay programas de reconocimiento de patrones que superan la efectividad de los radiólogos humanos en sus diagnósticos.

Tareas simples también son automatizadas: empleados de empresas de gas, por ejemplo, son remplazados por sensores automáticos que envían la información a la central donde se procesa para otras tareas (por ejemplo, autorregular el suministro en distintos momentos del día o del año). En EE.UU. circulan vehículos autónomos o semiautónomos por las calles y cientos de prototipos más esperan para salir. Para desplazarse de forma segura, estos vehículos cuentan con sensores capaces de alimentar al programa e indicarle el mejor camino a tomar. Son varias las empresas invirtiendo fortunas en esta tecnología, desde Audi, hasta Google o Tesla; solo falta encontrar un sistema suficientemente seguro y económico para entrar al mercado masivo. Sin embargo, una vez pasado el deslumbramiento por la novedad surgen preguntas: ¿qué pasaría si el programa debe decidir entre saltar desde un puente con el dueño adentro o atropellar a un peatón? ¿Se responsabiliza el programador, el fabricante, el dueño o el auto mismo por las consecuencias de esa decisión? Este es el tipo de desafíos a los que se enfrentará la humanidad en los próximos años.

Hecha la ley

En el mes de febrero el Parlamento Europeo votó a favor de un informe realizado a su pedido y dirigido por la especialista Mady Delvaux. El Informe con recomendaciones destinadas a la Comisión sobre normas de Derecho Civil sobre Robótica incluye una seria preocupación por el futuro de la seguridad social, la distribución del ingreso, la responsabilidad legal de los actos de los robots, la necesidad de incluir sistemas de seguridad para detener una máquina en cualquier momento, pero también cuestiones menos visibles como la dignidad de los ancianos que sean cuidados por robots, uno de los campos donde se espera que colaboren frente al aumento de la edad promedio en las sociedades más ricas.

El extenso reporte aborda en forma exhaustiva las problemáticas básicas que genera la creciente implementación de inteligencia artificial, robots médicos, robots cuidadores, coches autónomos, drones, etcétera capaces de tomar algunas decisiones en base a la información que les brinda el ambiente. Una de las propuestas más novedosas (y tal vez más urgentes) es darle una entidad a estos nuevos seres. «Cuando los robots que aprenden solos lleguen, se harán necesarias diferentes soluciones y estamos pidiendo a la Comisión que estudie las opciones», explicaba Delvaux. «Una de ellas podría ser dar a los robots una “personalidad electrónica” limitada». De esta manera, al igual que una empresa o una sociedad, podría pagar impuestos, contribuir a la seguridad social y permitir determinar quién es responsable de las consecuencias de sus actos.

Desde la industria se frotan las manos frente al crecimiento de las ventas: 17% anual de 2010 a 2013 y un 29% en 2014. Las patentes se multiplican y empresas como Siemens o Kuka, que producen robots, aseguran que es demasiado temprano para comenzar con las regulaciones: todo es demasiado incierto y primero es necesario consolidar la industria. Las empresas están interesadas en remplazar empleados de carne y hueso por robots más confiables, dóciles y económicos. Ni siquiera la educación para profesiones más complejas garantiza un futuro laboral en ese nuevo contexto. Como dice el reporte, «a pesar de las innegables ventajas que permite la robótica, su implementación puede implicar una transformación del mercado laboral y la necesidad de reflexionar sobre el futuro de la educación, el empleo y políticas sociales acordes». Los más optimistas aseguran que los trabajos más aburridos los harán las máquinas liberando a los humanos de esas tareas alienantes. ¿El sueño socialista al alcance de la mano? El reporte parece escéptico: «frente a las crecientes divisiones de la sociedad, con una clase media decreciente, es importante recordar que el desarrollo de robots puede conducir a una mayor concentración de la riqueza y la influencia de una minoría».

La tecnología, sobre todo la que es rentable, avanza sobre la sociedad a toda la velocidad que permite el desarrollo de productos. La consecuencia muchas veces es el avasallamiento de laboriosas construcciones de la sociedad en materia de legislación, cultura, economía, empleo, etcétera. Hay quienes creen en una suerte de tecnoutopismo, es decir, que cualquier novedad es en sí buena. Muchas de las prácticas cotidianas de hoy llegaron de la mano del mercado y se instalaron: ninguna fue neutral, pero la velocidad dificultó la posibilidad de reflexionar sobre ellas y eventualmente modelarlas. La anticipación a la llegada de los robots puede ser una posibilidad de estar preparados por una vez.

 

Recuadro

Menos que humanos

El cine ha sabido captar la renovación en el interés por los robots y distintas formas de inteligencia artificial. Películas como Chappie (2015) plantean el desarrollo de un robot que aprende como un niño, posee sensibilidad y establece un vínculo emocional con las personas. En Ex Machina (2015) una robot de aspecto femenino seduce a un joven advertido previamente de esa posibilidad; aún así no puede resistirse a establecer un vínculo con ella. Pero probablemente la más perturbadora de todas esas películas sea Ella (2013), en la que un hombre establece una relación sentimental que excede lo platónico con un irresistible sistema operativo. En esta última se puede percibir con claridad lo difícil de establecer límites claros acerca de la «conciencia» o el «amor». Todas estas películas (y otras) parecen anticiparse a una cada vez más compleja relación entre hombre y máquina.

Para Mady Delvaux estos extremos, puramente ficcionales (por ahora), requieren atención: «Siempre debemos recordar que los robots no son humanos y nunca lo serán. A pesar de que pueden parecer capaces de mostrar empatía, no pueden sentirla. No queremos robots como los que tienen en Japón que se ven como personas», continúa la especialista y sugiere que los robots no deberían hacer que la gente se sienta emocionalmente dependiente de ellos.

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