Si una corporación regala algo…

(Ver nota completa en Tiempo Argentino)
“Si una corporación regala algo, el producto sos vos”

El divulgador pone el foco en las consecuencias sociales de una asimilación ingenua de la tecnología.
Roly Villani

Conduce la columna de tecnología del noticiero de la TV Pública, Visión 7, pero esa es sólo una parte de las múltiples actividades de Esteban Magnani como divulgador científico enfocado en la dupla tecnología y sociedad, en diversas publicaciones más o menos masivas. Su último libro, Tensión en la red, pone de manifiesto que la asimilación de la tecnología por parte de la sociedad es por momentos ingenua y “conlleva una serie de consecuencias sociales, económicas, políticas y también en la cotidianeidad de las personas”.
En diálogo con Tiempo Argentino, Magnani asegura que la tensión del título tiene que ver con las potencialidades del control y la libertad. “Es muy innovador –dice– un medio como Internet que tiene dos sentidos, porque hasta ahora la radio, los medios gráficos y la TV sólo tenían uno. Este ida y vuelta permite liberar, expresar cosas que estaban ocultas. Pero simultáneamente hay una fuerza por transformar en fuente de divisas esa libertad, por concentrar este poderío y convertirlo en renta económica.

–Quiénes encarnan esa fuerza?
–Es lo que hacen Google o Facebook: tratan de que el flujo de las comunicaciones pase a través de ellos. Y lo van modificando conforme a sus intereses. Pasó recientemente con el levantamiento de la población negra de Ferguson, en EE UU: los algoritmos de las redes sociales minimizaban las opiniones sobre el tema en beneficio del Ice Bucket Challenge. El manejo de esa información concentrada puede determinar qué se discute y qué no. Y por supuesto, lo hacen en función de su lógica capitalista, la ganancia. Google te dice: “Yo le voy a ofrecer tu producto sólo a la gente a la que le interesa, porque yo ya sé a quiénes les interesa, porque yo sé todo.”
–Pero Google nació con un discurso de software abierto.
–Arrancan con un discurso muy abierto porque hacer ingresar a las mayorías les da un dinamismo increíble. Por eso tienen una idea de software libre, generan el Android (un sistema operativo gratuito para celulares) y lo regalan, pero si no tenés Gmail (el correo de Google), no te sirve para nada. Te lo doy gratis, pero tenés que hacerlo a través de Google. Por eso, cuando una corporación te regala una aplicación es porque el producto sos vos. Venden tu información a los avisadores. Es una revolución a nivel publicitario.
–En el libro hablás de soberanía tecnológica. En un contexto de corporaciones tan poderosas, ¿qué sería ser soberano a nivel tecnológico?
–Habitualmente se habla de soberanía financiera, alimentaria o territorial, conceptos que quedan más o menos claros, pero la soberanía tecnológica es uno de los pilares del desarrollo y de la democracia. Por eso hay que decidir estratégicamente qué herramientas desarrollamos. Hasta ahora lo que se hizo fue recuperar lo que ya existía del peronismo o gobiernos posteriores: CONEA, INTI, INVAP. En los ’90, el CONICET era como el Colón, servía para decir “qué inteligentes somos los argentinos”, o qué bien bailamos, pero no tenía ningún impacto en la realidad argentina. Hubo que hacer un esfuerzo muy grande para cambiar la lógica de los científicos, para que se aplicaran a problemas concretos de la sociedad. Desde 2003 se invirtió mucho para tener una política sostenida en este sentido. Entonces, una vez recuperadas las instituciones, aparecen señales que no te mueven la aguja de la economía pero que simbólicamente marcan que estamos en ese rumbo, como ARSAT, INVAP, los radares, la fibra óptica o Conectar igualdad, que busca generar masa crítica para la industria del software, que hoy, por ejemplo, exporta más que la industria de la carne, en divisas.
–¿El Estado es el único actor capaz de establecer estas pautas?
–Parece ser así. ¿Y qué puede hacer? Puede poner caños propios de Internet –porque los caños son de EE UU, y eso les permite suponer que tienen derecho a espiar todo lo que circula por ahí. Otra necesidad es desarrollar software libre. Conocer y tener acceso al software de tu máquina te permite ver que está haciendo con la información que le das, saber si tu sistema operativo no tiene una puerta trasera que permita espiarte. Microsoft no abre el código de Windows, no se puede saber. Es decir, si querés una sociedad inclusiva tenés que darle trabajo al 100% de la población. La soja y las vacas no dan trabajo ni al diez. La única alternativa para una sociedad altamente inclusiva es la tecnología, con una industria de alto valor agregado. Ojo, no sólo tecnología de punta, también tecnología social, autosustentación. Por ejemplo, una cooperativa de productores que compartan la vacunación de las ovejas, o juntar guita para tener un fumigador que saque las vinchucas de las casas. La tecnología hoy se dedica a un sexto de la población: celulares, autos. Pensamos la tecnología como artículos de consumo para un público muy menor en número y con mucho poder adquisitivo. Y hay mucho para hacer con los otros cinco sextos. Se puede cambiar la realidad de la humanidad con la tecnología, mientras los medios que hablan de tecnología se van en el chiquitaje del último equipo que sale al mercado. Hay mucho por hacer, y de esto el mercado no se ocupa porque no genera ganancia. Tiene que hacerlo el Estado.
–Volvamos a la tensión entre privacidad o apertura de la información. ¿Hay que encriptar todo para que no nos espíen los “dueños de los caños” o, por el contrario, impulsar la transparencia de toda la información?
–La privacidad es un concepto que ha cambiado. Hoy es uno de los pilares de la libertad de expresión, algo que todos necesitamos. El CEO de Google, Eric Schmidt, dice: “Si hay algo que vos hacés y no querés que se divulgue, en principio no deberías estar haciéndolo.” Pero al mismo tiempo, dejó de dar entrevistas a una revista que publicaba mucha data sobre Google. Y Mark Zuckerberg se compró todas las casas alrededor de la suya para que nadie lo espíe. -<dl

La privacidad
post Snowden

“Hasta hace unos años, que un presidente se reuniera con Google era moderno –dice Magnani–. Hoy es sospechoso; después de lo de Snowden es difícil disimular que están fuertemente ligados a los servicios de inteligencia. Buena parte del presupuesto de inteligencia de EE UU va a parar a estas empresas, que monitorean a la ciudadanía. Algunas lo habrán hecho a regañadientes, otras alegremente, pero están obligadas por ley. Y la escala masiva de datos es tan gigantesca que ellos pueden analizar un montón de tendencias. Vos no ves causalidad, pero pueden establecer correspondencias estadísticas de casi cualquier cosa.”

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