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Consumo: los autos nos están pisando y no nos damos cuenta

Por Esteban Magnani y Pablo Bianchi
(Leer en elpuercoespín)

¿Quién detiene una fiesta avisando que mañana cundirá la resaca mientras la gente baila y queda alcohol en la heladera? El aguafiestas que lo haga sufrirá el escarnio público, pero difícilmente logre su objetivo. Algo así es lo que ocurre en la fiesta de consumo que vive una parte del planeta y que, en el mejor de los casos, invita al resto a sumarse. La resaca llegará, inevitablemente, pero mientras tanto… ¡bailemos!

Probablemente la principal dificultad para detener la fiesta es que buena parte de las consecuencias de nuestro accionar está oculta bajo capas y capas de conductas cotidianas, ritos culturales que transforman situaciones tan obvias e incuestionables como la salida del sol. Veamos algunas. Sigue leyendo

Tribulaciones de un izquierdista en busca de la clase obrera

(Ver en el Puercoespín)

Soy un producto de los 90’ –aclarémoslo desde el principio para que se entiendan unas cuantas cosas. Era uno de esos zurditos que trajinaba las sedes de la Facultad de Sociales con su pelo largo y el morral al hombro cargado con apuntes que explicaban, entre otras cosas, a la clase obrera. Como la distancia entre práctica y teoría es cruel y mucha, al igual que la mayoría de mis compañeros nunca había pisado una fábrica. Ahora, cuando doy clases, corro a mis alumnos diciéndoles que en la facultad se la pasan hablando de los obreros pero solo como abstracción teórica y que muy pocos los vieron realmente, por no hablar de la posibilidad de compartir el mate con alguno (Llevo 20 años de ventaja a mis alumnos y puedo darme ciertos gustos). En cualquier caso, capta su atención y permite hablarles de Marx y el fetichismo de la mercancía. Karl decía que las mercancías aparecían en el mercado como si vinieran del aire, como si fueran objetos mágicos que (¡oh, maravilla!) se intercambian por dinero por una suerte de mandato divino. Esto, entre otras cosas, permite que no sintamos la contradicción entre publicidades de zapatillas que prometen hacernos libres y exitosos, y las condiciones de semi esclavitud con que fueron hechas en el sudeste asiático. Los que tienen zapatillas Nike o Reebok cruzan las piernas y las meten debajo de los bancos. Los vendedores de Topper o algo más asociado con la explotación laboral local, agradecidos. Sigue leyendo