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Adiós a la privacidad

(Ver en Revista Acción)

El artista ruso Egor Tsvetkov, de 21 años, realizó un experimento simple: tomó fotos de desconocidos en la calle y utilizó FindFace, una aplicación de reconocimiento facial, para encontrar rostros similares en una red social rusa llamada VK. Tsvetkov pudo encontrar casi al 70% de las personas fotografiadas que tenían entre 18 y 35 años, es decir, el segmento etario que más usa las redes sociales; así pudo saber sus verdaderos nombres, ocupaciones, intereses y conocer sus mascotas, entre otras cosas. Su proyecto se llamó Tu rostro es big data porque se refiere a que incluso información tan personal como nuestra apariencia es rastreable en las redes para aquellos que tienen acceso a grandes volúmenes de información. Quienes aparecieron en el experimento mostraron su sorpresa y dejaron claro que la mayor parte de la gente desconoce quiénes tienen acceso a lo que suben a las redes. El joven artista dijo sentirse incómodo, una especie de acosador virtual, pero que quería demostrar «cómo la tecnología rompe la posibilidad de una vida privada. Nos muestra el futuro». El experimento es una invitación a chequear las opciones de privacidad de las redes sociales, abandonarlas o resignarse.

La mirada de los otros

Nota publicada en Caras y Caretas de abril (Ver en pdf)
La privacidad no es lo que era. Los cambios sociales, las redes, el negocio Ver nota completay una idea de seguridad que nos considera peligrosos a todos, tienden a hacer visible lo que hasta hace no tanto era parte de la intimidad.

En un programa de televisión de 1968 Andy Warhol lanzó su frase más duradera: “En el futuro, todos serán mundialmente famosos por quince minutos”. Warhol había captado y resumido algo que estaba en el ambiente y otros habían tratado más extensamente como, por ejemplo, Guy Debord en su libro ”La sociedad del espectáculo” de 1967. La síntesis de Warhol, si bien solo puede ser válida como metáfora (con la población mundial actual a cada habitante le tocarían quince minutos cada 200.000 años), resultó profética de la era digital por venir. Si antes era necesario acceder a un medio masivo para cumplir con el mandato Warholiano, en la actualidad internet ha multiplicado los puntos de emisión, aunque no todos tengan, obviamente, el mismo alcance. Cada vez más personas disputan sus quince minutos de fama a cualquier costo, buscando en su interior aquello que los hace únicos para sacarlo a la luz. Pero no es fácil: por definición, la mayoría de nosotros somos personas promedio y a veces confundimos la originalidad con, simplemente, mostrar un poco más que el promedio, como las modelos que equivocan la exhibición de más piel con la sensualidad. Los prosumidores de internet (productores y consumidores en una sola palabra) procesan y generan ingentes cantidades de información diaria con algunos efímeros picos de rating. Pocos logran despegar, como le ocurrió a Justin Bieber desde los videos caseros que le hacía su mamá a la fama mundial. Sigue leyendo

Facebook en el Estado

Esteban Magnani advierte que el hecho de que el Estado argentino analice la posibilidad de hacer circular su agenda, datos estadísticos, proyectos de inversión o decisiones por datacenters del país del norte sería peligroso y un paso atrás en materia de soberanía digital.
(Ver nota en Página/12)
En los últimos años desde ciudades como Munich o países como India o China, comenzaron a rechazar el uso de sistemas operativos y otras herramientas informáticas sobre las que no tenían control. Las razones eran, sobre todo, de seguridad: sistemas como Windows no revelan su código, es decir, cómo funcionan, y resulta casi imposible saber qué hacen realmente con la información que uno ingresa en ellos. Lo mismo puede decirse de otras herramientas, sobre todo las que se basan en “la nube”, ese lugar supuestamente “etéreo” pero que es, simplemente, la computadora de otra persona. Medidas de seguridad básicas o de simple sentido común indican que la información estatal es sensible y, por lo tanto, debe circular por canales propios, seguros y evitar herramientas privadas cuyo circuito no se controla. Existen normativas en ese sentido aunque, cabe reconocerlo, no pocos trabajadores del Estado, sin medir consecuencias, utilizan herramientas privadas por razones prácticas. Sigue leyendo