Tecnobaba

Cuando te llama por décima vez un proveedor de internet para contarte sobre una oferta irresistible cuando estabas en la otra punta de la casa lavando los platos, querés matar. Sabés que todas las promesas que te susurran al oído se desvanecerán apenas te la pongan (a la promoción). A fuerza de experiencias previas uno se inmuniza frente a esos gestos de amor corporativo. No importa si son bancos, compañías de celulares, candidatos políticos, prepagas, los demoníacos servicios de emergencia médica: solo quieren sacarte algo para no devolvértelo nunca más, a menos que estés dispuesto a pasar mil horas en el teléfono para que te dejen de debitar la plata de la tarjeta.

Sin embargo, en el fondo, nos gusta que nos mientan. Nos gusta creer que hay algunas corporaciones que sí, que realmente piensan en nosotros, nos miman, nos regalan cosas y nunca piden nada a cambio porque son cancheras, buena onda. Vienen así, todas seductoras, envueltas en un aura de tecnología, tan sexy que dan ganas de llenarse la boca, de morderlas… ese celular nuevo que cuesta la mitad de mi sueldo pero tiene un petabyte de memoria y quichientos megapixels de definición nos excita como no nos ocurría desde que estábamos en segundo año con las (o los) de quinto año. Entonces nos engañamos a nosotros mismos dividiendo el precio en doce cuotas y nos dejamos llevar por el sueño lisérgico de que en realidad ese es el total, que luego, no sé, ya veremos. No importa que el último celular se nos haya caído en el inodoro y todavía estemos pagando sus cuotas, que se le haya llenado la memoria con los juegos de un sobrino o que igual escuchemos todo entrecortado en el colectivo cuando hablamos con el jefe. No, no importa: la tecnobaba nos impide aprender de los fracasos anteriores. ¿Cómo van a ser destructoras de la naturaleza como Monsanto, arruinadoras de mares como Shell o abusadoras de trabajo infantil como Cheeky si sus multimillonarios dueños andan como nosotros, con remeras monocromáticas y jeans?

¿Por qué la tecnología, lo que normalmente nos venden con tecnología (un arado es tecnología, probablemente una de las más revolucionarias, pero ese es otro tema), cuando nos venden “tecnología”, decía, todas nuestras precauciones y capacidades cognitivas se ponen a babear como lobotomizadas y el único límite es el de la tarjeta de crédito? ¿Qué es lo que tiene la tecnología que puede renovar su promesa una y otra vez, pese a que la experiencia indica que volveremos a fracasar y que la tablet con Quadcore 22 tampoco nos hará felices ni tener un millón de amigos? ¿Por qué creemos que si pudiéramos comprar el nuevo reloj inteligente (¡Lo devaluada que está la inteligencia!) esa chica/o que nos gusta sí nos dará más bola porque tuitearemos a velocidad de rayo?

La verdad es que no lo sé y habría que hacer estudios para responderlo y no tengo tiempo. Pero, como dije otras veces (me repito no por aburrido sino por coherente) como “experto en tecnología” me cruzo con gente que me pregunta si el iPhone 6 tiene más megapixels en la cámara que el Samsung 5 o no. Y yo no tengo la menor idea de la respuesta, sobre todo porque no me interesa en lo más mínimo. En cambio lo que sí me interesa (deprime) es calcular que esa persona puede llegar a gastarse los pasajes de unas saludables vacaciones familiares por comprarse un celular del cuál usará el 5% de la potencia hasta que se lo babee un recién nacido y se lo inutilice. ¿Quién anda con 7 u 8 lucas en el bolsillo todo el día sin miedo a que se le pierda o se las roben? Mucha gente.

Por esa zona liberada de nuestro espíritu crítico se meten también otras promesas un poco más sutiles mientras la bonaerense de nuestra experiencia desconecta el 911 y mira para el otro lado. La cantidad de aplicaciones que usamos en forma “gratuita” nos dejan una sensación de llevarnos caramelos del médico. Sí, es cierto que ahora hay más gente que repite “Si te dan algo gratis, el producto sos vos” con gesto de “me las sé todas”. Es un avance, es cierto, pero no muchos entienden qué es lo que hay detrás de ese slogan útil para abrir la puerta a salir a jugar y que a veces funciona más bien como un candado para quedarnos tranquilos y no seguir pensando. A riesgo de aburrirlos (casi el peor de los pecados en la actualidad) pensemos un cachito en cómo funcionan los medios tradicionales (sí, me repito y mucho): si yo compro un canal de televisión (un salto meritocrático improbable, teniendo en cuenta que soy docente y periodista, sin capitales por heredar), además de cámaras, escenografías, micrófonos y demás, voy a tener que pagar sueldos para que los periodistas, guionistas, actores, etc. hagan contenidos. Cuando yo tenga la atención de la gente la voy venderla por minutos o segundos a los avisadores que quieran poner publicidad en mis programas. Con esa plata, además de abonar la cuota del yate, voy a pagarle a los empleados y comprar nuevas cámaras HD. Una red social como Facebook o Youtube (sí, es también una red social como expliqué en uno de los links de arriba) en cambio lo que hacen es armar una plataforma digital que sirve para cualquier lugar del mundo (alcanza con traducirla) para que voluntariosos trabajadores impagos la llenen de contenidos, es decir, fotos de vacaciones, comentarios políticos sesudos, links interesantes “me gusta”, retuits, boquitas apretadas, pechos sugerentes y mucho, pero mucho más. El producto principal de estas redes sociales es la atención de los otros que pueden vender a los avisadores, la obtienen gratis.

Los que regalamos el caramelo somos nosotros.

Por eso estas corporaciones pueden crecer de la nada a ser las más grandes del mundo en menos de dos décadas. Además, como saben todo sobre nosotros, pueden dirigir la publicidad con una precisión tal que una página de un diario que todos vemos igual parece una tecnología decimonónica en vías de extinción. A ver si se entiende: todos vemos las mismas promociones de carne de un supermercado en la página cuatro de un diario; no importa si somos veganos, no tenemos ese supermercado en cien cuadras a la redonda o no llegamos a fin de mes si compramos carne. En cambio, las redes sociales saben perfectamente qué nos gusta, quiénes son nuestros amigos, por dónde andamos (gentileza de la geolocalización de nuestros celulares), qué buscamos en internet desde que aprendimos a teclear (sí, TODAS nuestras búsquedas están almacenadas si las hicimos logueados al buscador, y buena parte de las que hicimos sin estar logueados), si tenemos plata y todos los etc. que quieran agregar.

Esta es la parte en que la gente me dice “¿y?”. Claro, es cierto: ¿y?. No, nada: si no sos periodista, por ejemplo, no te importa que estas empresas que tratan de mantenernos en su ecosistema de mapas, mails, noticias, buscadores, servicios de mensajería, calendarios, servicios de compra online, etc. usen todo su poder para ir comiéndose la torta publicitaria de cada rincón del mundo, un pedacito más cada día. Mientras ellos soplan las velitas, los medios tradicionales van perdiendo pedacito a pedacito capacidad para financiarse, pagar sueldos a gente que se ocupe de producir investigaciones, novelas, notas, programas de TV, de radio, etc. No, ya sé: no vivíamos en un paraíso de multiplicidad de voces donde uno podía discutirle de igual a igual a Magnetto, pero claramente esto va para el otro lado, para que haya cada vez menos en el plato de dónde comen los medios tradicionales y donde, ya desde antes, los más grandes empujan a los más chicos. La tendencia entonces es ir hacia un océano mediático de trivialidades donde en el mejor de los casos quien tiene una idea interesante y capacidad de transmitirla ya no puede vivir de ella (sí, ya pasaba, pero ahora es peor todavía). Cuando llevamos este modelo a escala nacional o regional vemos cómo cada vez más divisas, trabajosamente generadas por países del tercer mundo, fluyen como el cuero en los tiempos de la colonia para luego vendernos los zapatos.

Si no los deprimí con esta descripción acerca de este neocolonialismo digital versión siglo XXI, les cuento que este modelo extractivista 2.0, además cuenta con otras versiones que muerden no ya la torta publicitaria local, sino también otras como la del transporte (Uber) o el mercado cultural (Netflix) sin dejar prácticamente nada salvo la fascinación por el confort de tener todo tan fácil. Como dice un amigo al que no me canso de citar, el confort es una droga para la que no hay cura.

¿Y qué hacemos? Y, ahí, es cuando tenemos que ponernos un poco más serios y meter un tema que necesita varios blogs para su desarrollo: la política (o “lo político” diría Grüner, pero ese es otro tema). Sí, de la misma manera que para que un medicamento pueda ser vendido en el país, el Estado designa una autoridad que compruebe que realmente cure y no tenga efectos colaterales, habría que ver si los modelos de negocios que se cuelan livianamente a través de la red no afectan a nuestra sociedad, a un proyecto de país (suponiendo que lo haya). También es necesaria una sociedad que entienda lo que se juega, que no acepte sin cuestionar lo que llega con el aura de “novedad tecnológica” mientras nos baja los lienzos y un Estado dispuesto a dar esas discusiones y plantear lineamientos como ocurre en otros países insospechados de conservadurismo tecnológico. De la misma manera que se discute sobre soberanía alimentaria, financiera o territorial, tal vez llegó el momento de empezar a discutir la soberanía digital antes de que se nos escape la tortuga (de logo). Todo indica que estamos cada vez más lejos de algo así.

Me extendí demasiado, el editor me va a retar. La sigo otro día. Ahora me voy a cazar unos pokémones para distraerme un rato de estos problemas.

Antes de que salte alguien a preguntar: sí, uso Facebook. Como comunicador tengo que negociar para no quedarme hablando solo. Sí, es cualquiera: y si tenés la solución la abrazaré feliz. Eso sí, el día que suba una foto de mi gato, mi familia o mis vacaciones, pegame y llamame Marta.
(Esta nota me la pidió como colaboración “de onda” un medio que me gusta mucho. Lamentablemente fue rechazada sin, a mi juicio, suficientes explicaciones u “onda”. La comparto acá porque me parece que es un intento interesante por escribir en otro registro)

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